Desde ámbitos oficiales y privados se insiste sobre la importancia y necesidad de leer. ¡Hay que leer! ¡Hay que leer! Una y otra vez. ¿Qué implica esta urgencia de lectura? ¿Se puede obligar a leer? ¿Acaso no podría contemplarse un nuevo derecho, el de no leer?
El ensayista francés Daniel Pennac (1) dice que es imposible obligar a leer como es inaudito pensar en el imperativo amar "¡Debes amarme!" "¡debes leerme!" Un libro sólo es un libro.-
Un libro sólo es un objeto de la cultura, una cosa, una estructura material de tecnología de átomos (diría Nicolás Negroponte), un soporte (gustan decir los teóricos), un artículo que porta un contenido, como un casete de música, un disco compacto o un marco de madera para un cuadro.
Borges dijo alguna vez que "un libro es cosa entre las cosas", un objeto en un estante, algo que sólo se convierte en lectura cuando un lector, un humano de carne y hueso lo selecciona, lo abre, lo lee, lo elige, lo posee y finalmente, empantanado en el texto se olvida de su propia esencia y se entrega al juego apasionado de reescribir significados e ideas. Cuando ese enamoramiento se produce, justo en ese instante en que, como dice Sartre, "el texto encuentra a su lector" y ambos como amantes se devoran, el reloj cambia sus distancias, el alma se despega de las costillas, uno se exilia de las urgencias cotidianas y el paisaje entra en la doble dimensión de lo universal y de lo estrictamente personal, único, irrepetible, irrenunciable. La libertad más absoluta. La imaginación y el límite se funden. Cuando ello sucede el deseo es irrefrenable y el éxtasis una isla posible.
¿Cómo contagiar esa urgencia? ¿Por qué socializar este placer puede resultar necesario?
Los espacios de encuentro con el libro, con ese libro, el posible soporte sólido con quien hacer realidad una experiencia de lectura que convoque a un hito poniendo un antes y un después memorables, esos espacios, decíamos, son los que hay que crear.
Las ferias de libros, las visitas a bibliotecas y librerías, los encuentros con autores y pensadores, son estrategias imprescindibles a la hora de pensar en encuentros entre textos, libros y lectores.
Libros y bibliotecas
Las bibliotecas sin lectores sólo son depósitos de libros. Se transforman en centros de lecturas, cuando están dadas las condiciones para que texto y lector se encuentren. Ya se dijo que un libro es un objeto entre los tantos objetos con los que la humanidad rodeó y justificó su existencia. Los libros son cosas en un estante, a la espera siempre de desplegar su función: activar ideas y provocar reflexiones en un lector.
Por ello, "cuidar" y atender al lector es necesario, tanto o más que a los 'objetos libros’. Cuidar implica atención, servicio, promoción. Conocer al lector compromete entonces a escuchar sus demandas, ofrecer posibles lecturas, salir a buscar otros lectores... ese es el desafío de las bibliotecas escolares.
Leer en la escuela y en la biblioteca no se agota encarando la elemental, imprescindible y básica enseñanza de la lectoescritura. Enseñar a leer requiere de la formación de lectores autónomos, desde el Jardín de Infantes hasta la adultez. Leer es, en primera instancia, interpretar signos, pero hacer uso de la lectura, o sea: transformarse en lector/a, implica cambios conductuales que llevan al sujeto a recurrir a la lectura con voluntad y deseo de saciar demanda de información, proveniente ésta de la realidad cotidiana o de la ficción.
Leer en la escuela requiere de bibliotecas puestas y dispuestas a conocer y convocar a sus potenciales lectores. Por ello se hace necesario saber de qué público estamos hablando.


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